Culto al Cristo de Pachacamilla


Tradición, milagros y fe
Culto al Cristo de Pachacamilla


Cuenta la historia que a mitad del siglo XVII, un mulato cuyo nombre ha quedado oculto en la historia, pintó sobre un muro de adobe la imagen que ahora es venerada en la iglesia de Las Nazarenas. En 1955 un fuerte terremoto sacudió Lima y para asombro de muchos este quedó en pie, pero fue olvidado. 15 años después este muro estaba intacto y motivó a que Antonio de León, lo mandara arreglar. Es así como nace la devoción al Cristo de Pachacamilla, que con el tiempo también es llamado Señor de Los Milagros, de los temblores o simplemente Cristo Morado.

No hay fervor más grande en el mundo que la realizada en honor al Cristo de Pachacamilla. Nuestro santo patrón hace que millones de personas no solo unifiquen al 'morado' como el color de la fe y la tradición, sino que enciendan en el mundo un sentimiento de quietud, esperanza y devoción pocas veces visto.

La procesión, que origina su salida en el templo de Las Nazarenas, hace que se repita este mismo rito de misa, oraciones y cánticos en cuanta iglesia católica exista; desde las ubicadas en distritos y provincias, hasta los países con colonias peruanas. Pese a que es una ceremonia que data de varios siglos atrás aún permanece con nosotros, imponiéndose en una ciudad cada vez más globalizada y de menos tradiciones limeñas.

Puente Piedra, no es ajena a este encuentro espiritual y ya sea por “seguir la tradición familiar”, buscar un milagro o cumplir con el que fue concedido; los puentepedrinos también se unen a la fiesta donde los cargadores, sahumeras y cantoras llevan la delantera en la procesión.

Hoy es 1° de noviembre, día en que la efigie será guardada. Luego de seis recorridos por las principales calles, instituciones, hospitales y albergues, el Señor de los Milagros retornará a su iglesia a descansar hasta el próximo año.

Al igual que el primer día de su recorrido, concita el mayor número de seguidores que buscan desesperadamente llegar hasta sus andas y pedir en secreto una bendición familiar, un milagro o un agradecimiento por haberle devuelto la fe y la esperanza en la vida. Estas escenas se repiten a lo largo de su trayecto, tal como lo demuestra Sara Vértiz, quien a sus 87 años aún tiene fuerzas suficientes para acompañarlo durante todo su recorrido.

"Desde los ocho años vengo a la procesión, porque la fe la heredé de mis abuelos y de mis padres, quienes siempre creyeron en el Nazareno", dice Sara, quien entre lágrimas y oraciones queda atrapada en un estado de éxtasis difícil de comprender.

A su paso, Simón Rodríguez de 87 años, quien ayudado por la mano amiga de un familiar, no quita los ojos de la imagen a la que afirma le concedió la dicha de seguir viviendo tras un terrible accidente que acabó con la vida de sus hijos. “Íbamos todos a la sierra y por azares del destino el bus se volcó y caímos todos en un abismo. Lamentablemente mis hijos no pudieron salvarse pero yo sí y pude incluso ayudar a salir a más heridos. Se que las cosas se dieron así por voluntad de Dios y por eso no le guardo rencor, al contrario, mientras siga viviendo vendré a agradecerle el haberme mantenido con vida porque que se que las pruebas que el me pone en el camino me han ayudado a entender de mejor manera mi importancia en la tierra”, afirma con una tierna sonrisa.

Cae ya la noche y las luces se encienden. Los tradiciones anticuchos, turrones y bebidas salen al por mayor mientras, las cantoras ponen la cuota final a la jornada. Son ya más de las 12 de la noche y las puertas de la iglesia se cierran dando por finalizada la ceremonia del mes morado. Hasta el año que viene todos aguardaremos en silencio su venida y en donde la fe nos haga nuevamente reflexionar por nuestros actos.

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